Tienes ante ti un libro
que también tú has escrito tal vez o puedes escribir,
y que habla también de ti. Un libro de pensamiento y acción,
compuesto de fragmentos de ensayo y de biografía a la vez.
Se combinan en él tres ámbitos de la vinculación
entre la existencia personal y la experiencia social. Así,
sus textos hablan del «tacto de la harina», o sea,
recuerdos originarios, infantiles y familiares; luego, de las
«farandolas del vestido», es decir, aficiones y dificultades
de la sabiduría, leídas o aprendidas de la actividad
profesional con la literatura y las artes; y finalmente, del «árbol
de la meditación», vaya, acciones del pensamiento
y la imaginación, a propósito del tiempo, la soledad,
el llamado amor, la vida cotidiana y otros objetos y anécdotas.
¿Y por qué se titula El optimista, cuando
tantas razones hay para el pesimismo en el anonimato de los días,
rodeado además ahora por tanto apasionado ruido comunicativo,
oral o escrito, y cuando tan difícil es separar la grandeza
de la miseria en la herencia de los avatares del siglo XX, de
sus revoluciones colectivas y de su valoración trágica
o cómica de los ciudadanos individuales, sus auténticos
protagonistas? El libro mismo lo aclara y defiende, es decir,
por él lo hacen su fragmentada elaboración formal,
su retórica irónica o ingenua, su pasión
por la experiencia y la acción ilimitada, quizás
libre, de la palabra.